Normal ¿NO?

 

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Tendría unos seis años. Ese día nos reunimos a jugar en la verja de una vecina, tres casas más arriba, serían las siete de la noche de una ciudad arrollada por el calor en la que para ese tiempo vivía. Recuerdo que jugábamos con nuestras muñecas al reinado (algo más que natural en nuestro país, en el que se realizan el reinado de belleza, pasando por el de la papa, la guayaba y hasta la panela) y justo en medio de la coronación, el momento más importante del certamen, sin pronunciar palabra pero inundada de señas- como un mimo en protesta- se asomó mi madre desde nuestra casa haciéndonos un llamado de atención. Estábamos acostumbrados a sus órdenes que no daban tiempo de chistar y desconocían un ‘no’ por respuesta. Nos pusimos en marcha hacia la calle, lejos de imaginar que lo que pretendía en aquel momento era que entráramos rápidamente en aquella casa junto a las otras niñas. Seguí los pasos de mi hermana y entre brincos y volteretas, como suelen hacer los niños llegamos corriendo a nuestro hogar. El rostro pálido de mi madre, la angustia floreciente y el posterior encerramiento. No comprendí en aquel entonces que a pocos metros mientras cantaba: “dos caballitos de dos en dos, alzan la pata y dicen adiós”, dos sicarios a punta de bala despedían una vida en la misma calle, en la 35B.

Recuerdo que años después quizá a los 8 nos reunimos los mismos niños de la cuadra, a contar ‘historias de terror’, mitos y leyendas urbanas que en nuestra mente infantil espantaban hasta al más viejo: la patasola, la llorona, las brujas y el Mohan; historias que no dejaban de ser ‘mera’ fantasía en una ciudad en la que por esa época la muerte no tenía festivos. Ninguna de esas historias caló en mi mente tanto como la del “señor que mataron en su casa”. A partir de entonces no dormí por un año entero (periodo que transcurrió antes de nuestra mudanza a otra ciudad), deambulaba por los cuartos a altas horas de la madrugada y ahora entiendo por qué una noche me pareció ver un hombre de sombrero en la ventana invitándome a salir. No precisamente porque el alma del señor estuviera en pena, sino porque esta clase de relatos en la mente de un niño son difíciles de procesar.

Una de mis amigas escuchó la historia de boca de su padre quien aseguró que meses antes de nuestra llegada al barrio, allí en el mismo portón café por el que salía al colegio todas las mañanas le habían ‘dado de baja’. “Ahí esta enterrado, pregúntele a su mamá”.

Tuve miedo, no solo del muerto sino de enfrentar la realidad. Ahora entiendo por qué en Colombia hablar de muerte es tan natural como si hiciera parte de nuestra piel, impregnada en rutinas básicas como cepillarse los dientes, hacer el almuerzo y limpiar la casa. Desde que somos niños estamos expuestos en grados más o menos agudos a esta clase de conflictos.

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Mi hermana me cuenta que aún en ese tiempo sonaban bombas en las calles y no se trataba de la pólvora decembrina, corrían ansiosos a esconderse debajo de la cama, incluso yo lo hacía. No lo recuerdo, pero esto mismo lo viví poco tiempo después durante unas vacaciones a una finca en la que vivían mis tíos a unos 2 días en carro de allí, porque la carretera era casi inexistente, cerraban las vías en la noche y se hizo muy popular para mi durante estos viajes la palabra ‘paro’. La atracción principal del pueblo era que no contaba con electricidad porque ‘la habían cortado’, no llegaba señal de televisión y antes de las 6:00 de la tarde todos debían estar ‘guardados’. Recuerdo que mi tía preparaba un pastel y cuando estaba poniendo la crema con un embudo un estruendo lo interrumpió todo. Estaba asustada, en segundos yacíamos uno al lado del otro debajo de la cama y mi tía diciendo que no hiciéramos ruido, desde allí podía ver las pisadas en la acera que se vislumbraban por debajo de la puerta. Parecía que todo aquello hacia parte de la rutina de pertenecer a ese lugar, aquel que mi mente rememora con los atardeceres más preciosos que he visto en mi vida, un sembrado de patillas que parecía infinito y nadar en un río por el que asomaban los cocodrilos. Era como mi propia versión de Indiana Jones con animales salvajes y bombas reales, era un pueblo distante del mismo país, en el que dos horas después se terminó el pastel sin siquiera mencionar lo que había acontecido “no se asuste que eso es normal”.

Algunos dirán que esto no es nada comparado con la historia que ellos han de contar y es verdad. En el ejercicio de mi profesión he conocido historias desgarradoras, testimonios escalofriantes, exceso de noticias ¿quizás?.Cuando hablo de estos temas entre amigos y familiares no dejo de repetir lo afortunados que hemos sido en medio de todo este conflicto. Sin embargo todos hemos sido tocados de cierta forma, en la historia de un conocido, del vecino, de nuestra propia ciudad o pueblo. No pretendo aquí ser mártir sino más bien ahondar en el profundo proceso que implica ver con naturalidad la barbarie, así como nos pasa en Colombia. Porque estamos tan acostumbrados al bombardeo tangible y al mediático que destruye cualquier momento de paz del día, especialmente este último durante la hora del almuerzo. Hace tres años opté por dejar de ver noticias en la tele, aún cuando a regañadientes me las tengo que ‘comer’ porque es una costumbre familiar.

Vivimos acostumbrados al dolor, la violencia y el maltrato que se vive diariamente en la casa, con el vecino, en un trancón, en nuestras canciones, en el trato diario, incluso el otro día hablaba con mi mejor amiga de cuán ‘rudo’ se comportan los hombres que la quieren invitar a salir. Porque eso es “lo normal”. La violencia nos cobija desde siempre, disfrazada de muchas formas. No es un tema de unos pocos, del campo, de la selva, de la ciudad, es un tema de todos los ciudadanos del mundo. Sin embargo esta mañana me ha sobrecogido un sentimiento de dolor al ver que en Colombia los esfuerzos por cambiar una realidad se vea reducida por algunos, con argumentos frágiles en los que imperan el odio y el resentimiento. No han comprendido que pocas veces se presentan oportunidades que pueden cambiar el orden de las cosas. Y todavía hay gente que dice que estamos bien, que pregona que es mejor que las cosas sigan así, que tranquilos “que eso es lo normal”.

Andrea Delgado.

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