La abeja

-Se murió el nonito. No puede ser, si esta mañana me desperté en su casa, temprano, como a las cinco, en medio del sueño escuché que me llamaba a tomarme el caldo que me dejó porque ya se iba a trabajar. Siempre que hay vacaciones venimos aquí  y todas las mañanas bajo el mismo ritual: “Carito, carito, mija venga a tomarse el caldo”.

¡Es imposible!, ayer me comí el queso de hoja que mi nonita le compró para el desayuno, ella estaba brava, alzó la voz y  preguntó: ¿dónde estará el ratón que anda merodeando la nevera?”; pensé que no se había dado cuenta.  Con los dedos cortos de una niña de ocho años no podría notar la diferencia.

-“Carito la extraño mucho, venga mija le cuento la historia… todavía recuerdo el color del vestido del día que la conocí, ella sí era una señora, ella siempre fue una gran señora, ay! ay! como la extraño, se murió mi Rosita”.  Pero ¿cómo así?, ¿también se murió la nonita?  Ayer la visité en la clínica, hablamos como tres horas de los gitanos, los que llegaron hace más de 60 años, los mismos que habían quedado del legado español que llegó a “colonizar” nuestra ciudad. Sí, también me habló de los gitanos que viven al lado. ¿cómo así que hace años que no viven ahí?.

Me contó detalladamente que cuando era una niña solía correr hasta las barandas que los separaban del resto de la gente, “porque ellos no se mezclan”, dijo.  Y que no se perdían las celebraciones de matrimonios, así fuese de lejos,  era un espectáculo en todos los sentidos. Se cambiaban la ropa tres veces durante el día en una ceremonia que podía durar semanas. Había baile, mucha comida y en la mayoría pelea y muerto, consecuencia de la pasión y algarabía que los caracteriza. “Eso pasó cuando Bucaramanga era una finca grandísima y la quebrada no estaba seca”.

-Enserio,  ayer yo la visité, tenía que hacer un escrito sobre la historia de la ciudad para mi clase de literatura. “Voy a usar mi grabadora para transcribir después el relato”, le dije. Claro que no era por eso, quería inmortalizar su voz, sabía que más temprano que tarde, partiría en la ruta del adiós. Pero es confuso porque es precisamente ahora, cuando usted me cuenta que solían jugar parqués y tomar cola Hipinto, que he mirado nuestros pocillos de café y he sentido un escalofrío porque estoy guardando el relato como una joya preservada en la memoria de mi celular. Tal y como pasó ese día…

 -Mami ¡qué raro!, anoche tuve un sueño en el que el nonito vivía acá en la casa y solíamos sentarnos a tomar café y a hablar, a veces se quedaba silencioso, pasaba las horas observando las plantas y miraba al cielo como queriendo esconder los recuerdos. También soñé que jugaba a la feria y me disfrazaba de gitana, usando esos aretes de ‘prensar’ que tenía la nonita. Después ella se acercaba y me daba una taza de picado de fruta con miel. Como a las cuatro de la tarde pasaba un señor vendiendo millo y todos éramos niños, jugabamos con mis primos a la  ‘estatua’ en la casa de Girón, donde nos enfilaban para dormir a las dos de la tarde para que no molestáramos más. Era en diciembre, pero no entiendo por qué si justo ayer también fue diciembre e hicimos un asado en el patio de la casa y estábamos todos, ¿no?.

Hoy me desperté por el frío del invierno, se me hizo raro; si acá no hay estaciones. Me bajé de la cama y entonces me sentí como en un sueño, estaban mis abuelos esperando que les sirviera el desayuno y yo intentando hacerles un caldo parecido al de ayer, aquí donde no hay cilantro y muy pocas frutas.

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