Homesick

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Esta mañana me desperté a escuchar salsa. Una lista interminable venía a mi cabeza: el Joe Arroyo, grupo Niche, Guayacán, la orquesta La 33, si fuera posible hasta el himno nacional, cantado con bandera y todo en la sala de mi casa hacia las 10  de este domingo.

Mientras sonaban las canciones recordaba el día de mi despedida, mi tío me dijo que “hay tres cosas que un colombiano debe llevar siempre consigo: la bandera del país, la camiseta de la selección y un sombrero vueltiao”. En ese orden y énfasis como algo que nos recuerda de dónde somos. Yo no tengo ninguna de las tres. Y nunca he tenido, ni siquiera camiseta pirata comprada en el semáforo. Pero tengo en mi memoria de dónde vengo y es algo que respeto, admiro, extraño y por momentos me desespera. Pero así somos y así se vive cuando se abre los ojos a otras realidades. Es inevitable.

Tampoco soy de Cali, pero cada vez que repito “si supieras la pena que un día sentí, cuando en frente de mi tus montañas no vi”, una brisa de añoranza  llega y recuerdo  las montañas desde la ventana de ‘mi cuarto’, que seguirá siendo mio, según mi mamá. A veces no caigo en la cuenta de que esa ya no es mi casa y un sentimiento de tristeza aflora dentro de mi.

Yo no se donde queda ‘Juanchito‘ porque jamás he visitado esa ciudad (Cali). Sin embargo, y a  grito entero con la garganta vacía (me alegro de no ser el vecino, porque llevo una semana de gripa) he cantado más de dos horas sobre Cali, Barraquilla y Cartagena. Desearía que hubiese una sola canción más bailable de Bucaramanga, pero me conformo con la “Campesina Santandereana” y “Si pasas por San Gil amigo mio“,  que me recuerdan la panorámica del Cañón del Chicamocha, un lugar en el que he experimentado esa sensación de libertad y también en el que volamos cometas alguna vez durante mi niñez.

También sonó el sanjuanero, canciones de Luis Silva y otra música llanera en la que se escucha a la par del cantante caballos y vacas,  con algo de risa imagino  la cara de mis vecinos que mal contados hacen parte de cuatro nacionalidades muy lejanas a nuestra amada latinoamérica.

A veces, cierro los ojos queriendo inyectarme de alguna manera el calor de mi tierra, la risa de mi familia, el olor de las frutas y de pronto recuerdo que hace meses no me tomo un jugo; un vaso pequeño cuesta 12 mil pesos y  lo más exótico que encontraré es una fresa o una manzana. Extraño un jugo de guanábana ó maracuyá, frutas que al pronunciarlas aquí causan risa y que jamás he visto.  A falta de un poco de fruta y de licuadora que poco usan y que no tengo en mi casa, se me hace más larga la espera del deseado jugo de zapote, lulo, incluso de piña, que venden en el mercado, pero que me cansé de comprar porque siempre salen dañadas, negras por dentro o en su defecto tan pálidas que tiene más sabor un holandés bailando merengue.

Entonces “I realized” me encanta esa frase, me di cuenta que tengo algo llamado “homesick”  y es esa sensación de nostalgia por la tierra. Yo, que me consideraba la más fuerte de todas y que mi personalidad distante y solitaria era una ventaja en este proceso, lloré a mares cuando se fue mi mamá, mucho más que cuando salí con dos maletas a cumplir mi sueño de vivir en  tierra holandesa.  Hoy estoy aquí cantando hasta la última letra de todo lo que encuentro que me recuerda a Colombia, incluso ese intro de un concierto de Silvestre que dice: “Hay una cosa que me molesta a mi de haber tenido una relación, de haber estado enamorado… y que a la hora de la verdad cuando le pregunten a “x”, “y” persona que si fue novia de uno diga: ‘¡uy! yo a ese muchacho ni lo conozco’. Y dice uno: “mmjú”, no me vaya a conocer, y la traga tuya soy yo”.

Hoy he reído, he llorado, he sentido en medio del frío de este verano que no calienta, la excepción de la regla, porque son cosas que no suelo hacer y que no pienso constantemente, he tratado y lo digo abiertamente de enfocarme en aprender las nuevas vivencias del lugar, las maneras, formas, reglas, experimentar y vivir el hoy.  Lo digo con precisión porque nunca he estado de acuerdo con esas personas que dejan su país y no hacen sino quejarse del nuevo lugar. Quizás luego de estos ocho meses empiezo a aterrizar la idea de este cambio de vida. A entender que la comida poco tiene sabor y que el humor es tan distinto que no da risa. No se si volveré algún día a vivir allí donde los pajaritos suenan a cualquiera hora del día, pero por el momento solo me queda disfrutar del calor de mi tierra a través de una canción, sin detenerme a mirar ni por un instante cualquier noticia del día que me congele la idealización de ese lugar llamado Colombia y de este momento.

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